
Al entrar, el aire me echa hacia atrás, entendiendo la tensión del ambiente. Cada cual espera el movimiento del otro, listo para insultar, escupir en un acto de desprecio o lanzarse a la pelea. El hedor insoportable hace que piense en el tiempo que llevan sin asearse, parece que esperan el baño de la lluvia, ¿realmente se sienten bien así? ¿Con energías, con ganas de correr, con ganas de respirar? ¿Pueden sus familias, sus amigos soportarlo siquiera, relacionarse entre ellos en esas condiciones que tanto pueden repelar? Uno le grita al otro, algo que me asombra...¿no tienen turno de palabra? ¿Cómo pueden entenderse, llegar a un consenso? Parece que alguno intenta ser el poderoso, gobernar al grupo, como si tuviese la más valiosa información en sus manos cuando lo único que tiene es la fuerza bruta en éstas, robándole la comida al más débil de sus compañeros, sin importarle absolutamente nada lo mucho que le cueste conseguir el alimento a él o a sus padres. Si no es uno, son dos; quien dice dos, dice tres. El caso es que amenazan con el puño a aquel de los chicos que quiera hablar, que quiera expresarse o quejarse. Como si se tratase de aquellos tiempos en los que los monarcas absolutistas gobernaban, pero todo reducido a una clase de colegio. El tipo de clase del que una persona que pueda tener ciertos valores sólo quiere salir de ella; el tipo de clase en el que los compañeros no se respetan y la palabra libertad no se atreve a ser pronunciada.
"He pasado una vida haciendo lo que debería y no haciendo lo que se debe"
No nos centremos en una clase de colegio, vayamos más allá y pensemos si no sucede así en otros ámbitos.